Estaba ahí, esperando, sentado en su butaca. Tenía una idea de donde estaban sentadas las personas importantes. Su cara amarillenta con su barba teñida de gris por el tiempo delataban sabiduría y perseverancia. Sus ojos estaban encendidos y a la expectativa.
Tenía exactamente 3 minutos para abordar la cabina del piloto y ejercer su tiempo: el tiempo exacto donde se invierten los roles y gana el débil.
En esos 3 minutos fríamente estudiados, debía neutralizar a 2 policías que estaban a 6 asientos. El de camisa a cuadros tenía un revólver en su funda, listo para matar si hacía falta, pero estaba tranquilo, no era un día importante. A la vuelta lo esperaba su mujer, así que no debía comprometerse con riñas ni amigos del terror.
En esos 3 minutos debía matar con un arma confeccionada caseramente al piloto y retomar el mando del avión. Esos 3 meses de entrenamiento aéreo le hicieron saber qué botones tocar y que palancas jalar, y con qué situaciones podía encontrarse.
Después de esos 3 intensos minutos debía orientar el avión hacia la muerte de todos los pasajeros y de la torre derecha del World Trade Center, ya casi puesta en jaque por 2 aviones que aparecieron de la nada y se estrellaron causando el pánico y terror en una nación degradada por el vil consumo y el egoísmo.
Esperó 3 minutos. Como vio que no había señales de su Dios que dieran el visto bueno a la operación, siguió esperando. Esperó y esperó hasta que cayó en un sueño profundo, difícil de quebrantar.
Se despertó en el Aeropuerto ya descendiendo con una gran duda:
El hecho de haber esperado y esperado el gran momento, fue lo que le impidió verlo? O fue el hecho de derivar la decisión a un ente externo?