1. 0. Código fuente. Raíz. Problema. Planteo lógico. Solución.
Cuando el 0 se transforma en 1 y el 1 en 2, hay un exceso. El sistema se quiebra, no se puede sostener. Cae.
El usuario se queja, espera que vuelva a recibir órdenes. No lo hace. Está en un loop interminable. El usuario intenta llamar al administrador de tareas, pero no responde, pantalla azul. El usuario la reinicia. Todo vuelve a la normalidad arrancando desde el último punto de restauración. El sistema vuelve a ser el de antes (con algunos problemas de daño en el disco rígido) hasta que hay una falla mayor que te hace llevar la computadora al servicio técnico y tenés que comprar otra que viene con Windows Vista.
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Amor. Odio. Psicología. Pensamientos. Problema. Planteo razonable. Solución.
Cuando uno pierde la perspectiva de lo que estaba haciendo y se desvía, hay un exceso. El círculo se envicia, te sobrepasan tus problemas. Te deprimís.
La persona que te quiere te avisa, espera que vuelvas a ser el de antes. Vos seguís teniendo una venda en los ojos. Esa persona especial intenta hacerte divertir, te cuenta chistes, te mima, te ama pero vos no respondés, depresión sin retorno. Te internan en una clínica psiquiátrica, te rehabilitan. Medicado, volvés a reinsertarte en la sociedad hasta que sentís que lo que hacés no importa y te volvés a escapar mentalmente hasta que terminás loco, muerto o casado con una persona que no querés.
(…) Con tal perspectiva, la subjetividad debería estar más dispuesta a dejarse seducir por la constelación de los sentidos que no es otra que la seducción dionisíaca. Los sujetos deben huir de «los que desprecian el cuerpo», de «los predicadores de la muerte» que exhortan a «renunciar a la vida» (Nietzsche, 1998: 61, 70). Tendríamos que escapar siempre, desplazarnos, aún si tenemos que hacerlo, por extraño que suene, respecto a nosotros mismos: el peor enemigo con quien te puedes topar eres tú mismo; tú mismo te estás acechando en cuevas y bosques. Solitario que recorres el camino hasta ti mismo, repara que ese camino pasa por ti mismo y por tus siete demonios. Te verás a ti mismo como un hereje, una bruja, un hechicero, un loco, un escéptico, un impío y un malvado (Nietzsche, 1998: 87).
¿Qué es esta loca icononografía provista por Nietzsche, este juego de máscaras sui generis, propia de un festival, donde abunda la risa, la diversión y la novedad, donde da gusto perderse en la multitud?
Las diversas máscaras constituyen un recurso expresivo de la ardorosa búsqueda del ser. Analíticamente, las máscaras sirven como vehículo para revelar, no para encubrir, lo cual es, como sabemos, el uso convencional de la máscara. Pero en términos de inversión, aquí la máscara es un medio de descubrimiento, en el sentido más profundo de la búsqueda del yo. Basta recordar también, que el enmascaramiento es un ardid frecuente en Foucault, evocación creativa de «la fiesta de los locos», de las fiestas de la corte, el carnaval inversor de la realidad, donde somos y no somos, donde se pueden asumir otros roles, y por lo tanto, un yo distinto, otra identidad, lejos de la impuesta por la sociedad normalizadora. (…)