(…) Con tal perspectiva, la subjetividad debería estar más dispuesta a dejarse seducir por la constelación de los sentidos que no es otra que la seducción dionisíaca. Los sujetos deben huir de «los que desprecian el cuerpo», de «los predicadores de la muerte» que exhortan a «renunciar a la vida» (Nietzsche, 1998: 61, 70). Tendríamos que escapar siempre, desplazarnos, aún si tenemos que hacerlo, por extraño que suene, respecto a nosotros mismos: el peor enemigo con quien te puedes topar eres tú mismo; tú mismo te estás acechando en cuevas y bosques. Solitario que recorres el camino hasta ti mismo, repara que ese camino pasa por ti mismo y por tus siete demonios. Te verás a ti mismo como un hereje, una bruja, un hechicero, un loco, un escéptico, un impío y un malvado (Nietzsche, 1998: 87).
¿Qué es esta loca icononografía provista por Nietzsche, este juego de máscaras sui generis, propia de un festival, donde abunda la risa, la diversión y la novedad, donde da gusto perderse en la multitud?
Las diversas máscaras constituyen un recurso expresivo de la ardorosa búsqueda del ser. Analíticamente, las máscaras sirven como vehículo para revelar, no para encubrir, lo cual es, como sabemos, el uso convencional de la máscara. Pero en términos de inversión, aquí la máscara es un medio de descubrimiento, en el sentido más profundo de la búsqueda del yo. Basta recordar también, que el enmascaramiento es un ardid frecuente en Foucault, evocación creativa de «la fiesta de los locos», de las fiestas de la corte, el carnaval inversor de la realidad, donde somos y no somos, donde se pueden asumir otros roles, y por lo tanto, un yo distinto, otra identidad, lejos de la impuesta por la sociedad normalizadora. (…)